Editorial

Authors

  • Joaquí’n Jareñ–o Alarcó—n

DOI:

https://doi.org/10.12800/ccd.v2i5.194

Abstract

 

Henri Cochet, en una semblanza de su compañero de equipo René Lacoste –otro de los “mosqueteros” del tenis francés-, escribía lo siguiente: “No parecía que, con el paso de los años, fuera a convertirse en un gran campeón. Su disposición atlética era modesta e incluso parecía que no estaba muy dotado para la práctica del tenis. Sin embargo, poseía todas las cualidades morales que le permitirían adquirir la capacidad deportiva que le faltaba. Gracias a ellas, y a un entrenamiento obstinado, logró alcanzar una resistencia legendaria y unas cualidades excepcionales en la pista”. En unas sencillas, pero sentidas palabras, Cochet logró poner de manifiesto el trasfondo que sirve de cimiento al deporte y que se destila de su práctica: las cualidades morales. Sir Philip Noel-Baker señalaba –hace ya algunos años- que en la mente de Coubertin bullía la emoción de que el deporte proporcionaba ideales nobles al ánimo de los jóvenes.

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